Tantos como estrellas
Los nombres
No dejaba de mirar el firmamento, sus ojos no parecían dispuestos a quitar la atención de las estrellas. No entendía del todo la cadena de pensamientos que la estaba llevando a ese lugar, pero mientras sus neuronas procesaban el descubrimiento, miraba a lo profundo del cielo.
“Tenemos tantos nombres como estrellas” – entendió aquel día.
Al nacer nuestros padres nos dan un nombre.
Candidatos que vienen de todas partes, en una procesión de alegría y jubilo, ante la llegada de esta nueva vida.
Como el nombre de la abuela, o similar al de la tía, como aquella cantante que tanto le gustaba a el padre o la madre, como el personaje de aquel libro, programa de televisión o flor del jardín.
A todos nos dan un nombre, es el primer regalo que recibimos al nacer.
En algunas culturas los nombres son dados por la primera cosa que se ve luego del parto del bebe.
Ese lugar donde recibimos nuestro aliento de vida.
Los bebes tenían nombres como nubes, techo, ave, árbol. Me gusta la idea de dejar la elección al azar. Desde el inicio, desde nuestra concepción, somos hijos de las probabilidades. Una tirada de dados para generar una nueva mezcla entre los padres. Somos todas las probabilidades que pudimos ser, y todas las que llevamos encima.
Como las entidades actuales, que definió el filósofo Alfred North Whitehead. Donde somos gotas formadas de otras infinitas gotas de nuestra misma existencia.
En otras culturas, los nombres han perdido el significado.
Antes, estas palabras eran plegarias para el futuro de quien los portaba. Que sea una guerrera, que tenga fuerza, Sus palabras se han deformado tanto que olvidamos las oraciones que contenían. Ahora, como cuando olvidamos una canción, apenas podemos tararear parte de ella, pues hemos perdido la melodía de aquel significado, ya solo nos queda contentarnos con repetir el nombre de la canción.
Esperando que algún día, en un milagroso hecho alguien recuerdo como era la música de nuestro nombre.
En otras culturas, los niños recibían nombres para protegerlos.
Hasta los 3 o 5 años, se les apoda con palabras sobre cosas peligrosas para recordarles no acercarse a eso. Animales peligrosos, fluidos contagiosos o lugares que pueden acabar con su vida. En cada llamado de los padres, los niños recuerdan a que tener cuidado. A que se le debe temer.
Creo que, si hubiera nacido en esos lugares, mi nombre habría sido miedo. Para enseñarme que es la más peligrosa de las emociones, porque puede quitarnos las alas, la fuerza para seguir adelante.
Una plegaria por seguridad y su protección. Por su vida.
En otros lugares, los nombres son alusivos.
Representan estaciones del año, fenómenos de la naturaleza, hechos históricos.
Siempre me ha dado un poco de gracia pensar en que en vez usar la lectura en japones, se tuviera que traducir al idioma que se está hablando. Habría personas que se presentarían como: Hola soy flor de cerezo, hola mi nombre es belleza de invierno, o el mío es hombre del durazno.
No sé, tengo un sentido del humor muy simple supongo.
Creo que tenemos un nombre por cada persona que hemos conocido.
Una parte son los nombres, las nuevas palabras que nos son asignadas. Algunas tiernas, otros diminutivos, otros agresivos nombres para recordarnos nuestro lugar. Estos nombres se componen de las experiencias que vamos viviendo con otros, ganándonos apodos y formas de ser llamados.
La otra parte, es esa magia que se conjura con cada forma en la que las personas usan esa palabra que nos dieron al nacer. Como es recitada, esa forma de encantamiento para conjurarnos cada vez que pronuncian nuestra etiqueta. Cada persona tiene un tono, timbre y forma específica que le da un nuevo color al llamarnos.
Últimamente he pensado mucho acerca de los nombres, la primera ficha de la identidad.
Desde antes de tomar conciencia, nuestro instinto animal se aferra a este sonido, a esta caligrafía. Fundamentando el primer ladrillo de lo que seremos. Aunque no sabemos que significa, en la estructura de esta palabra creamos una base.
Aun recuerdo cuando en el colegio descubrí que había otras personas con mi nombre. Creo que fue una de las primeras crisis de identidad que tuve.
Sentí algo extraño, como si me hubieran movido de mi propio lugar. Como si la palabra que me pertenecía hubiera decidido habitar otro cuerpo.
Ese día entendí que mi nombre no era único.
Y por primera vez sospeché que tal vez yo tampoco lo era.
No tengo un nombre tan común en mi país, pero encontré a alguien más con un nombre similar. Al principio perdida, pero luego surgió una complicidad entre ambas. Nos volvimos tocayas, una palabra que existe en español para referirse a alguien con el mismo nombre ubi tu Gaius, ego Gaia.
¿Será que habrá algo muy adentro que nos une a todos los que tenemos el mismo nombre? No lo sé, pero me parece interesante pensarlo.
Tal vez en algún lugar del mundo se hacen convenciones anuales de personas que todas se llaman iguales. Seminario Nicolas. Creo que me gustaría pagar para asistir a este evento. La cantidad de cuellos torcidos por tantos llamados.
En algunas culturas, las personas pueden cambiar sus nombres.
He tenido amigos a los que sus padres les han dejado de hablar por esto.
Así de importante es un nombre. Algunos lo han hecho por que no logran relacionarse con ese sonido que les han dado. Su armonía no logra sintonizar con la palabra que les regalaron. De las sonrisas más bellas que he visto en la de mi amiga A. cuando fue llamada en un congreso por primera vez, en vez de usar su nombre D.
También tenemos nombres como momentos de nuestra vida. Al abrir partes de nosotros a los otros cada uno de nuestros nombres aparece.
He sido Luisa al presentarme, es más fácil así. Pero también soy Rui, o るい porque incluso en la escritura el nombre adquiere otro tono, uno diferente. るい es más juguetona e inocente, mientras que Rui es audaz y asertiva. Mientras crecía y entendía lo que me gusta, mi mejor amiga me llamo Japo, porque tenía una obsesión con Japón. Tal quería regresar a un lugar que mi alma anhelaba intensamente, tal vez solo me gustaba su anime, y aunque era un poco de las dos, más grande entendí que necesitaba venir aquí para salvarme, entender dónde estaban las alas que le faltaban a mis raíces. Aquel día, renació Rui en forma de るい.
También he sido Tilo, Pichu para J, aquella que me dio los nombres más tiernos. Esa con la que tengo raíces más profundas, por que por nuestras venas corre la misma sangre. Esa persona que devuelve a la tierra, mi mente que se la pasa volando entre el infinito y el universo.
He sido Fernanda cuando tengo recordar de que esta hecho este cuerpo, el país en el que nací, que elementos componen la cultura que decidí aprender, aquella que me enseñaron primero, aquella que me alimento y me dejo crecer en la alegría de estar vivo. También he sido un diminutivo, para mis amigas más cercanas. Mi nombre se hace tan pequeño que apenas necesita dos letras para escribirse. Incluso he sido una marca de gaseosa famosa en mi país. Lux, y sin quererlo también me han llamado brillo.
Cada nombre me dejó una forma distinta de pararme en el mundo.
He sido muchos nombres, y como los granos de arena de la playa, cada uno me compone. Mientras son movidos por el viento cósmico de la playa del universo.
Tenemos tantos nombres como estrellas.
Gracias por leer Mosukito.
Este maravilloso ejercicio es una forma de limpiar la mente y poner en order mis ideas. Si tienes mosukitos mentales te recomiendo hacer lo mismo.
Si algo te ha resonado, no dudes en compartirlo. Estamos aquí para aprender el uno del otro.
Esta semana es mi cumpleaños, así que por que no invitarme un cafecito ☕︎
Nos vemos :D

