Soñaba
Un placido sueño bajo las brisas de los árboles.
Soñaba. Un plácido sueño bajo las brisas de los árboles. Tenía los ojos cerrados, podía sentirlo: el peso de los párpados sobre los ojos. Esa oscuridad tan familiar, como aquella que se ve en una caverna donde apenas entra el sol. Podía escuchar la brisa resonar entre las ramas de los árboles, tan frondosos, reverberando sus hojas en susurros.
¿Dónde estoy?
No tenía idea. No podía ver nada. Tenía los ojos cerrados.
Pero sentía una fresca sensación de placidez. Como flotar en el agua del mar.
Flotaba sencilla y libre por el espacio.
Sin embargo, algo empezó a caer sobre mi cara. Frío. Húmedo. No era agua. Aun así, tenía un olor similar al de los días lluviosos. Pequeñas partículas sólidas caían en racimos. No sabía qué era. Cayó un poco en mi boca. Lo probé: era terroso, un poco dulce.
Quería ver qué era. Intenté abrir los ojos con más fuerza. Aunque aún eran pocas, las partículas no dejaban de acumularse, cubriendo cada vez más fragmentos de mi piel. Más y más peso sobre el cuerpo. Poco a poco el espacio se hacía más pequeño.
Apreté los ojos.
Quería ver.
Quería ver.
Quería ver.
Quería ver.
Y pude ver.
El último rayo de luz que se colaba frente a mis ojos antes de ser totalmente cubiertos por la tierra: negra, fértil. Mientras mi boca, en un grito, se llenaba de ella.
Este fue un sueño que tuve la otra noche. Muy vivido, muy visceral. Tal vez ya me había pasado esto en otra vida. Tal vez recordé algo que ya había sucedido. Tal vez mi mente solo me jugó una mala pasada.
Y es que últimamente me siento en el borde. Mis sentimientos, en un torbellino. No paro de pensar en las lecciones que estoy aprendiendo ahora. No paro de arrodillarme frente al sol para darle vueltas a las ideas que me recorren. No paro. No paro.
Me encuentro en una encrucijada en la que he decidido cambiar mi vida y no puedo culpar a nadie. Nunca me ha gustado hacerlo. Sin embargo, soy consciente de que yo misma me he puesto en esta situación. Y aunque hay decisiones en las que puedo influenciar a otros, solo ellos pueden hallar la respuesta. Solo ellos pueden decidir qué quieren hacer con su vida. Mientras tanto, yo le doy vueltas al mismo pensamiento para ver si puedo encontrar una nueva cara desde donde mirarlo. Unos ojos que quieran mirar a los míos y no solo verlos: observarlos. Descubrirlos.
Tengo la enfermedad de Fausto. Quiero conocerlo todo. Quiero hacer cada pregunta y que también me sea hecha. Pero ni yo misma puedo aguantar el peso de esta carga.
Solo quisiera salir y dejarme llevar por esos vientos que me impulsan a las experiencias. Ya no quiero pensar más. Solo dejarme llevar.
Tengo el pecho pesado. En estos días he llorado varias veces y no dejo de pensar en esta línea:
En mi cuerpo, la tristeza es una roca.
Pesada.
Que pende de un hilo que siempre está al borde de romperse.
He llorado tanto que las lágrimas han borrado de mi mente el motivo que me tiene en este lugar. No pensaba llegar hasta aquí. Pero tampoco puedo pensar en el siguiente paso. Me siento tan triste que no puedo ver la luz.
Parece que el sol no volverá a mi jardín hasta que lleguen las flores de hortensia.
Gracias por leer Mosukito.
Si te gustó por que no invitarme un cafecito ☕︎
Este maravilloso ejercicio es una forma de limpiar la mente y poner en order mis ideas. Si tienes mosukitos mentales te recomiendo hacer lo mismo.
Si algo te ha resonado, no dudes en compartirlo. Estamos aquí para aprender el uno del otro.


Que profundo ❤️🩹 creo que cada uno tenemos en nuestro interior todas las respuestas, esperando por las preguntas correctas para poder guiarnos a nosotros mismos. Un abrazo Luisa 🫶
Bajarnos al cuerpo. Dejar la cabeza en algún lugar lejano.
Me encantó. Qué hermoso escribes.