Meditaciones
El arte del sumergirse en el vacio
Apenas se ven las pequeñas difracciones de la luz en los edificios del frente, que, como un arcoíris en las escamas de una sirena, reflejan azuladas las luces de la mañana. Pocas nubes se ven en el cielo, que, en un tono de azul y gris, se arremolina sobre las montañas. Ya se ha despejado. Mientras recuerda cómo todo se volvió blanco apenas la noche anterior. No había cielo ni suelo. Todo era un polvo blanco flotando entre los edificios de la ciudad. Pensó que era afortunada por tener un techo, por estar adentro, pues afuera todo era devorado por un fantasma helado.
Respira. El aire frío se siente refrescante y seco.
Ya es otro día. Ya pasó la tormenta. Cada madrugada decide sumergirse en las profundidades de la oscuridad de su mente, como un buzo que, con una pequeña linterna, explora el fondo del mar. Cada madrugada decide cerrar los ojos ante el sol que se eleva en el cielo. Que, en la penumbra de un día de invierno, en una habitación aún a oscuras contiene su cuerpo entre cuatro paredes. Se tapa la nariz, va a dar el paso fuera del bote.
Recuerda: somos contenedores. Cuerpo que a la vez contiene su alma. Un contenedor dentro de otro. No iguales, pues, aunque en lo más fino y pequeño nuestras propiedades son las mismas, son ellas también las que intentan separar sus límites para mantener la complejidad. Chocan sus formas, dos paredes que se empujan para quebrarse, pero al mismo tiempo para mantenerse, mientras sus identidades chocan. ¿Qué sería lo grande sin lo pequeño? ¿Qué sería lo bueno sin lo malo? Si no pudiéramos tener las diferentes esencias, no sabríamos las propias.
Puede sentir el suelo debajo de ella, pero sabe que será cuestión de tiempo para transformarse. Hace años ha emprendido el camino para expandir su alma. Al principio, nadie le enseñó a hacerlo; desde siempre ha sido algo que ha estado guardado en su corazón. Sentía que cuando cerraba los ojos, todo lo que estaba enfrente desaparecía. Olvidaba por un momento dónde estaba, qué hora era, quién estaba ahí. Aprendió que cuando cerraba los ojos podía viajar en el tiempo, porque siempre que los cierra puede volver al pasado, recordar momentos que ya ha vivido, abrazando la memoria de lo que ya existió. Pero también podía ir al futuro: cerrar los ojos y hacer que una hora se volviera diez minutos o días, apenas unos instantes. Su cuerpo volvía a moverse; solo necesitaba soltar su mente. Soltar. Como cuando estás frente a un lago y saltas desde un trampolín o una montaña. La primera vez que lo haces da mucho miedo. Miedo porque pierdes los límites de tu cuerpo, te vuelves aire. Dejas de ser.
Saltar es dejar de ser.
La piscina infinita espera en el vacío.
Algunos dicen que si te sumerges demasiado al fondo puedes perder la conciencia, no saber cómo regresar a tu cuerpo. No lo sabemos. Nadie ha regresado para asegurarlo.
Aún le queda mucho camino que recorrer, pero no puede dejar de zambullirse en esa piscina, porque allí ha encontrado todo en la nada. En ese lugar donde las luces de la ausencia brillan con una intensidad más fuerte que la del sol, opacándolo todo. En ese lugar donde nada existe, ha encontrado la paz de existir. La tranquilidad que aparece de no esperar nada, de no ser nada, de solo existir. 存在

Cuando todo está más callado, cuando todos los ruidos se apagan, en el vacío de la existencia puede escuchar el eco del universo, que, entre ondas, se repite para recordarle que es parte del ciclo. Silencio musical.
Abre los ojos.
¿Cómo aprendió a hacerlo? Aún no está segura; solo sabe que un día, al cerrar los ojos, empezó a ver luces, pequeñas e incandescentes al inicio. Pequeñas luces que eran devoradas por el vacío o los ecos de la mente. Pero de vez en cuando, cuando podía fijar la conciencia, las luces se detenían e iban cambiando. Se hacían más grandes.
¿Qué son esas luces que vemos cuando cerramos los párpados?, se preguntaba de niña.
Los patrones cada vez se hacían más complicados, cada vez se hacían más rápidos. A veces cambiaban tanto de forma que de líneas pasaban a figuras geométricas que se repetían y se sobreponían entre ellas. Con colores, otras sin ellos. Patrones vibrantes que, como un caleidoscopio, se movían frente a ella. No podía quitar la mirada; mantenían su atención. Podía pasar minutos observándolos; un día se dio cuenta de que hasta horas. En esos momentos se vuelven tan luminosos que siente que, si alguien la estuviera viendo, luces saldrían de sus párpados, ni esas persianas podrían ocultar la luz de su casa en la noche. Tal vez aquellas luces eran visitantes tan bellos en su complejidad que no podía quitar sus ojos de ellos. No sus ojos: su conciencia. Ya que no eran formas materiales las que veía. Aquello que estaba frente a ella se extendía más allá del mundo material.
En la oscuridad, las abrazaba para protegerse.
Había escuchado demasiadas historias de demonios, brujas y espantos que, con cuerpos inmateriales, saltaban sobre el pecho de los niños que no podían dormir en la noche. Tenía miedo de que eso le pasara, por lo que ponía una pequeña luz para no quedar a oscuras. Con el tiempo, las historias se volvieron polvo y olvidó lo que los otros le habían contado. Sin embargo, no dejaba de pensar en esa luz que veía cuando cerraba los ojos, fragmentos de figuras que parecían de otro mundo, uno al que solo podía acceder al cerrar los ojos.
Cuando tocas el alma, descubres que no tienes límites. Solo decidiste estar atrapado en esta corporalidad por un instante, como un parpadeo de eternidad.
Nada que existe desaparece. Lo que desaparece no existe.
Cuando medita, recuerda la forma, la forma que tienen las cosas, e intenta extender los límites de su conciencia hacia esas luces, esas formas que parecen aún no tener nombre, pero que, en el vacío de su existencia, se agrupan para hacer formas más grandes, más complejas, empujando cada vez más los límites de su conciencia.
No tienes que saltar.
Pero si miras suficiente tiempo el vacío, él te reconoce.
Quién sabe, tal vez un día decida dar ese salto al vacío, ese salto en el que pierda la identidad, aquel donde su existencia vuelva a la piscina inmaterial que es todo lo que existe.
Gracias por leer Mosukito 🪰
Tengo una gran duda.
¿Tu que vez cuando meditas?
¿Que sientes?
Hablemos sobre meditación y cuando cerramos los ojos

La importancia de encontrar un espacio propio… me encantó!!!
A veces me focalizo en la respiración, como sugiere la técnica meditativa llamada Vipassana, y luego trato de realizar el escaneo corporal con mi propia atención. Más frecuentemente tiendo a anclar mi atención en los sonidos; por ejemplo, en el crepitar del fuego. Y cuando el fuego calla, convertido ya en brasas, la anclo en el chirrido de la estufa cuando empieza a enfriarse. Otras veces, más informalmente, miro por la ventana junto a mi gata. Creo que lo que más he desarrollado a través de la meditación es la metaconciencia, esa capacidad de observar tus propios pensamientos sin aferrarte a ellos, y luego dejarlos ir como si fueran nubes pasajeras en un cielo despejado.