Hemos llorado
¿Alguna vez ha llorado tu alma?
¿Alguna vez ha llorado tu alma? La mía, no sabía que lloraba hasta que ya estaba tan triste que no podía contener el dolor. Un dolor similar al silencio, un silencio similar al dolor.
En la hipérbole que significa estar vivo, lloraba sin esta llorando, pues sentía como en mi pecho se acumulaba el agua, en ese saco de lluvia que todos tenemos como poquete.
¿Dije poquete? Perdón, quise decir bolsillo. Pero es que, en tus palabras, asi es como hemos decidido llamarle a esa bolsa que guardan nuestros recuerdos en las camisas.
Ahí donde guardo flores cuando vamos al campo. Ahí donde he depositado las tarjetas llenas de besos que recitan tu nombre. Allí donde se juntan las costuras del pantalón y las facturas del mercado.
Aquel día lloraba y no sabía como detenerlo. No podía mirarte a los ojos.
A veces me cuesta hacerlo. Es porque tengo un corazón frágil y demasiado cobarde.
Lleno de miedo a romperte, a rompernos, en realidad a romperme.
Por que aunque se que es inútil mantener estatico algo en el infinito caos del universo. La mente humana no deja de engañarme con la idea de estar contigo ahora.
Abrazarte en este instante.
Quisiera tener todo el tiempo del mundo, para abrazarte hasta rompernos.
Que nuestros momentos juntos fueran largos, lentos y sensibles.
En cada parte del abrazo sentir el contorno de tu cuerpo. La presión de nuestros torsos al tocarse. El peso de tu cabeza sobre mi frente. El almizcle de tu piel suave y tersa, el aliento de tu respirar.
Aquel día lloraba, y aunque me abrazabas te sentía tan lejos.
Tan distante.
Había una distancia entre distancias entre nosotros.
Un número indivisible de partes como la paradoja de Zenón.
Mis pensamientos como paredes aparecían. Intentaba derribarlos. Clavaba mis pies sobre la tierra y apretaba con toda la fuerza que podía, desde el centro del abdomen. Y aunque una a una algunas paredes eran derribadas, a veces sentía como una nueva, más pequeña empezaba a emergir desde el suelo, volviéndose infinitas. Inacabables. Interminables. Imposibles de dejarme llegar a ti.
Luego de lunas de pensar en aquella noche, aún no encontraba la respuesta.
Al principio pensé que era mi culpa, había entregado demasiado sin pedir nada a cambio, está bien, el pan duro también puede ser comida. Me hizo aprender el cuerpo con el tiempo. Me había acostumbrado, y aunque ahora el pan parece más al mana del desierto, mi cuerpo apenas quería comer las migajas.
Luego decidí culparte. Te culpé por haberme manchado, por haberme dado un sueño. Por imprimarme esos anhelos de estar juntos.
Por amarrar a la tierra mi alma neptuniana.
No quería verte. Quería salir corriendo. Perderme para encontrarme en la montaña más profunda. Volver a la casa para equilibrarme.
Sin embargo, entendí la razón de mi llanto.
No eras tu.
Era yo.
Yo misma había decidido amarrarme a la tierra para abandonar la naturaleza curiosa y celeste. Era esa decisión, aquel día, lo que me hacía llorar.
¿Alguna vez ha llorado tu alma? La mía sí, se siente como un vacío frío en el pecho.
Como si una inmensidad nos apartara de todo. Como si la niebla hubiera cubierto el sol en todo el planeta. Gris. Húmedo.
Una desconexión con todo lo que existe.
Si un día te pasa, pregúntale ¿Por qué lloras?
¿Qué memoria antigua has olvidado?
¿Qué has entregado por tu mortalidad?
¿A que renunciaste?
Gracias por leer Mosukito.
Si te gustó por que no invitarme un cafecito ☕︎
Este maravilloso ejercicio es una forma de limpiar la mente y poner en order mis ideas. Si tienes mosukitos mentales te recomiendo hacer lo mismo.
Si algo te ha resonado, no dudes en compartirlo. Estamos aquí para aprender el uno del otro.


Que lindo escribes, es un reflejo de tu alma sensible,tierna y expresiva..todos somos vulnerables porque somos humanos y cuesta aceptarlo y dejar que los demás nos vean vulnerables....pero eso te hace más fuerte al paso del tiempo.Un abrazo y una sonrisa para ti Luisa.