Extro-introvertido
Quiero contarte una historia. Acércate.
Más cerca, por favor, lo que te voy a contar es casi un secreto. Algo que he guardado en mi corazón por mucho tiempo.
Respiré profundo y contuve el aliento unos instantes.
“Soy un otaku”.
Puede sonar gracioso, sobre todo para quienes ya me conocen. Ellos lo saben bien: no es ningún secreto. Pero detrás de esa palabra hay más que un pasatiempo; es una parte muy importante de quién soy.
Si ya llevas leyendo Mosukito un rato, seguro te lo olías también jajaja.
Me encantan los videojuegos, los computadores, el anime, el manga, las películas. Pasar tiempo dentro de casa leyendo, mirando en la pantalla del computador diferentes historias.
Cuando era niña y adolescente recuerdo pasar horas intentando instalar juegos, entendiendo el funcionamiento de mi computador, recorriendo cada parte de su sistema para comprender por qué aparecían errores o no funcionaban las cosas. Entraba en lugares oscuros de internet para encontrar más información. Muchas horas sentada, muchas veces en silencio, para intentar concentrarme. Aprendí tanto de computadores en esa época que me volví quien arreglaba los problemas cuando aparecían en las máquinas de mis familiares y amigos. Muchos pensaban que iba a estudiar ingeniería.
Plot twist: estudié biología.
Soy un poco vieja, y debo admitir que el sonido del internet al conectarse me causa gran nostalgia. Si nunca lo has escuchado, te invito a dar click aquí. Para algunos este sonido es como una cápsula del tiempo, una melodía que recuerda a los primeros días de internet. A mí me recuerda esas noches en las que, hasta la madrugada, me obsesionaba con algo en el computador. Le daba vueltas hasta que lo entendía o lograba resolverlo. Sola, en la oscuridad de la noche y con una pantalla encendida. A veces me desvelaba porque no podía dormir, la cabeza me daba vueltas pensando en los monstruos que habitaban en el clóset o debajo de la cama. Prefería estar alumbrada por esa luz, que aunque pequeña e incandescente, me separaba de la total oscuridad.
Estar sola nunca me ha molestado. Lo añoro, en realidad. Amo pasar tiempo con las personas, pero soy de las que necesita retraerse luego de una fiesta o reunión. Al menos una vez a la semana, por algunas horas.
Necesito habitar en la voz de mis propios pensamientos y compañía. Siento que recibo diferentes formas de energía al estar con otros, muy diferentes a las que obtengo al estar sola. Tal vez soy un bicho extraño, pero sé que necesito de ambas partes. Creo que todos necesitamos de ambos: unos más que otros.
Ni demasiada soledad, ni demasiada compañía.
Me gusta usar el tiempo a solas para recordar esas ideas que los otros me obsequiaron mientras pasamos tiempo juntos. Rebobinar, como en una vieja casetera, esas partes que resonaron en mi interior.
En mi cabeza tengo miles de cintas de todas las personas que he conocido. Algunas ocupando grandes espacios de memoria, otras apenas segundos. Unas guardando secretos, moralejas o palabras hirientes, pero todas igual de valiosas. Recuerdo su tono, la calidez de su voz, las palabras que usaron, el volumen. Intento guardar con el mayor de los cuidados estas cintas en mí. Algunas puedo buscar entre los estantes y reproducirlas en mi mente.
Incluso cuando me siento un poco nostálgica, reproduzco algunas de ellas para sentirme acompañada. Son tesoros que guardo en mi corazón.
Hasta me ayudan con la pronunciación de palabras en otros idiomas jejeje.
Nunca he sido muy buena para socializar, pero sé que necesito hacerlo, por mi propio bienestar y el de otros. Con el paso del tiempo he aprendido dos cosas:
Soy extrovertida.
Soy tímida.
Excelente combinación la que escogí para esta vida (sarcasmo). Algunos dirían que soy Extro-introvertido. Ambibalente, no se. Doblepersonalidad. Vanilla-chocolate, ponle el nombre que quieras.
Siento que mi personalidad se parece un poco a la cara de abajo de la Torre del sol por que no se a que lado esta mirando su cara. Parece estar en ambos lugares y solo uno a la vez.
Una parte de mí pide a gritos hablar con alguien de vez en cuando. Pero otra se siente abrumada por llamar la atención de los otros, por no tener tiempo para la introspección, por ser quien tenga que responder todas las preguntas.
Al principio, pensaba que era porque me aburrían las charlas para romper el hielo: compartir la misma información todo el tiempo, hacer las mismas preguntas. Pero ahora entiendo lo importantes que son. Las charlas cortas son como hechizos: se usan para cambiar el ambiente. Conjuros mágicos que lanzamos en forma de palabras para permitir la apertura de los interlocutores, para crear una atmósfera.
Comprendí que, si quería llegar a conversaciones significativas, debía emplear sabiamente estas palabras para suavizar a quien escuchaba… y a mí también.
Por mi timidez sé que me cuesta iniciar una conversación o llamar la atención de alguien. No sé cómo hacerlo, pero mi curiosidad me impulsa a encontrar nuevas formas y preguntas que hacer. Me frustra pensar que estoy siendo intrusiva con las personas, como si quitara capas de una cebolla que apenas está formándose. Capas que, incómodas, se están intercalando para dar forma a su personalidad.
Nunca aprendí muy bien cómo hacer que las charlas ligeras, cuando conoces a alguien, fueran interesantes. Me daba miedo hablar demasiado o no sentirme cómoda hablando sobre mí. Podías verlo en mi cara: pasar de ser una persona risueña a no poder enfocar la mirada. Aún sigo trabajando en eso. Aprendí que era mejor no resaltar, pues podía volverme el objetivo de alguien, a veces con malas intenciones.
¿Estás bien? No, pero no podía decirlo. Tampoco quería mentir.
Nunca he sido buena en estas charlas. Se me nota en la cara: me pongo nerviosa, roja. Siento el calor de la vergüenza subir por las mejillas, como una ráfaga de aire caliente que se me cuela por la sangre. No sé si es la vulnerabilidad o el ego, o una mezcla de ambas intentando alejarme del miedo. Me detiene.
Pero la curiosidad me impulsa. Si veo una oportunidad, otra parte de mí quiere agarrarla. Porque mi ansia de conocer el mundo y experimentar es más grande que mi miedo.
Siempre busco esa oportunidad, el momento perfecto para lanzar la bola. La pregunta perfecta.
En mi mente, mi parte tímida y mi parte extrovertida se pelean a muerte en cada conversación. Es una guerra interna que pasa en microsegundos de cada diálogo. Sin embargo, he visto que entre más conozco a una persona, mi parte extrovertida toma las riendas. Parece que es el bando que tiene la delantera ahora, el que me hace sentir más feliz.
A veces preguntando por horas y horas.
La curiosidad es quien construye puentes donde solo hay ríos. Encuentra cómo hacerlo, aunque sea de palitos de paleta.
Y es que esa curiosidad me impulsa a ir más lejos: una pregunta que vaya más profundo en la perspectiva del otro, en comprender.
Para entender cómo esa persona ve el mundo. No solo ponerme en sus zapatos, sino también en sus medias, su falda, su barba, su cabello desordenado. Ser ella por un breve instante. Como si, por la magia de las palabras y el momento, pudiera cambiar de piel.
Escuchar las vivencias de los otros y sus formas de ver el mundo me apasiona. Creo que por eso, incluso en aquellos días en solitario, pasaba tanto tiempo leyendo, escuchando y jugando las historias de otras personas. Aunque fueran personajes de ficción.
Ansiaba saber.
En los últimos años he tenido la oportunidad de conocer muchísimas personas, de todas partes del mundo. De diferentes formas, religiones y culturas. Creo que, si lo pienso, al menos a alguien de cada continente. Esto me ha mostrado los sesgos que tengo y me ha ayudado a entender otras formas de ver la vida. También he visto los sesgos de los otros, anotando en silencio las cosas donde debo tener cuidado para no caer en el mismo lugar. No creo que estén mal, tampoco yo estoy en lo correcto; solo que he visto lo difícil que es cuando nos aferramos a ciertas ideas. Lo peligroso que puede llegar a ser.
Es mejor intentar habitar en la flexibilidad de callar y hablar, escuchando lo que la intuición tiene que decir. Saber cuándo callar, cuándo el silencio es más hermoso que las palabras.
Las palabras son hermosas y, entre más conversaciones tengo, abro las posibilidades de que una de ellas se siembre en mi biblioteca: una nueva cinta para guardar. Una semilla que al crecer puede convertirse en la semilla de otros, o de mi propia curiosidad.
Por eso creo que las palabras son energía, porque vienen desde lo profundo de nuestras entrañas para transmitir una idea, crear un lazo, aunque sea por un breve instante en una conversación.
No quiero encasillarme en una sola definición, pues sé que es imposible, pero entender parte de cómo funciona mi forma de conectar con los otros es de gran ayuda. Reduce mi ansiedad y me permite valorar cada instante que comparto con las demás personas.
¿Y tú? ¿Tienes un secreto? El mío era menos secreto de lo que pensaba. Tal vez solo quería una excusa para escribir.
Gracias por leer Mosukito
Algunas preguntas que quedan ahora:
¿Te consideras una personas extrovertida o introvertida?
¿Como te gusta pasar tu tiempo?
Nos seguimos leyendo


Yo creo que solo, totalmente solo, no puede vivir nadie (felizmente). Somos un animal social... 😌
Otra cosa distinta es qué cantidad y calidad de compañía necesite cada cual. Yo necesito poca, pero de mucha calidad. 😊
Abrazote!
PD: Hoy vi un documental sobre Hokkaido en invierno 😍😍. Maldito-bendito algoritmo de youtube, qué bien me conoce...
Hola Luisa!
Me ha gustado mucho conocer cómo vives y abordas tú la comunicación con otras personas. Me ha parecido una forma muy enriquecedora (aparte de sabia) de relacionarse con los demás.
Una de la que puedo aprender cosas, además, pues me vendría bien recuperar algo de esa curiosidad que tú tienes tan a flor de piel, y que creo que yo perdí en algún momento por el camino. 🤔
Pensaré sobre ello, pues me resuena que es un aprendizaje que tengo disponible...
Por cierto, a mí también me pasa algo parecido a tu dualidad o ambivalencia: suelo decir que soy una introvertida sociable. 😊
Un gran abrazo otoñal! 💜