Cerrando puertas
Esta carta se parece más a un diario
Ese que dejamos guardado en el último rincón de un estante o en una carpeta con un nombre que no recordamos. Está guardado, no para que nadie lo encuentre, sino para protegerlo. Para protegernos. Arropado por sacos viejos y medias solitarias, como una cobija para abrigar a la persona que fuimos. Para recordar lo que vivimos.
Cada vez me sorprende lo frágil que es la memoria humana. Yo misma soy un ejemplo de cómo, cual motas de polvo sopladas por el viento de la mañana, las memorias de lo que viví y aprendí se van borrando poco a poco. Como un mecanismo para avanzar, pero también como una forma de sobrevivir al dolor. ¿Quién puede culparnos? Intentamos guardar todo el conocimiento que hemos aprendido del universo en un espacio tan reducido, tan pequeño, como lo son nuestros cerebros. Reducir todo el cosmos a nuestra cabeza.
Me recuerda a cuando en el colegio aprendí cómo las moléculas de ADN, aquellas que guardan los planos de nuestra biología, están plegadas tan minuciosamente que caben en los núcleos de nuestras células, guardando toda la información que nos contiene en un compartimento minúsculo. Me parecía una locura. Recordaba como mi profesora relataba que si se estiraran los cromosomas podían dar toda la vuelta al mundo.
Una tarea imposible. Imposible, pero lograble. Como el milagro de la vida.
Por eso agradezco a los antiguos que decidieron crear la escritura para mantener la memoria, al entender nuestra limitación de tiempo —por nuestra corta vida— y de espacio, por lo obtuso de nuestras mentes.
Ya empezó el 2026. Como es mi costumbre, me gusta escribir una carta analizando lo que pasó en el año anterior. Aquí puedes encontrar la reflexión del año pasado. Desde hace cinco años llevo haciendo el mismo ejercicio, como una forma de entender los eventos que viví. Esas carreras en las que decidí ponerme a lo largo del año: algunas metafóricas, otras literales. Por primera vez corrí 10 km sintiéndome plena. Aún me hace muy feliz recordarlo.
Entre los días que transcurren van pasando esos eventos por los cuales va nuestra vida, a veces sin descanso, uno tras otro, agolpándose en 52 semanas del año, en una montaña rusa de subidas y bajadas emocionales. No es que tenga una vida ocupada; en realidad siento que he sido bendecida con equilibrio entre lo que quiero hacer y mis responsabilidades como humana adulta. Pero sí siento que el tiempo para reflexionar solo llega cuando todo se ha acabado. En especial el año pasado, donde muchas puertas se cerraron.
El 2025 fue un año de finales de ciclo, donde nos cerramos, cortando relaciones que ya no funcionaban para nosotros, dejando lugares que nos hacían daño o situaciones que nos ponían al borde. Seguro puedes encontrar más de un ejemplo de esto en lo que te pasó ese año.
En el 2025 cerré más puertas que nunca. Algunas fueron fáciles; otras, en su mayoría, fueron procesos. Entre el miedo y la expectativa cerré la puerta a un sueño, luego de entender que no era el mío. O tal vez sí lo fue, pero ya no más. Ya no se parecía a la imagen que tenía en mi mente, esa que había creado. Entendiendo un poco más la realidad, me di cuenta de que no era lo que quería.
Cerré la puerta a relaciones que me consumían, a personas que me causaban daño. Cerré puertas a hábitos destructivos, a quedarme callada siempre. Cerré la puerta a mi antiguo trabajo, uno para el que ya estaba lista para pasar la página. Cerré la puerta a quien se escondía detrás del silencio ante un comentario hiriente o una discriminación. Cerré tantas puertas que ya podría trabajar de botones en un hotel.
Sin embargo, tuve miedo. Casi volví a abrir algunas de ellas.
Tuve miedo porque, al final del año, me encontraba sola en el pasillo de ese hotel, ante la inmensidad de un largo pasadizo que se extendía con todas las puertas que había cerrado. Lugares, personas y situaciones que ya no quería visitar. Sola, tuve miedo de no saber hacia dónde ir, de haber cerrado oportunidades. Porque en cada puerta que cerraba, una parte de mi antiguo yo se iba quedando. Era también renunciar a quien pude haber sido, decir adiós a un sueño, a una idea. En el dolor de esas partidas, veía por última vez la luz del marco mientras mi mano tomaba el pomo. Veía el “ojalá” de esa persona que pude haber sido.
La última parte del año fue silenciosa, luego del largo festival que fue cada mes. Y así fue perfecto. Era necesario limpiar y descansar para recuperar el cuerpo de la fatiga de haber dado tantos pasos fuera de la zona de confort.
Mis miedos solo se disiparon hasta enero. Aquella noche silenciosa en la que, por mis decisiones, terminamos atrapados en un baño termal al sur de nuestra ciudad, empujados allí por una tormenta de nieve. Me contentaba ver la hermosa montaña solitaria que se alza en los valles de Ezo, pero la tormenta era tan fuerte que incluso aquel gigante parecía haber sido engullido por langostas de nieve.
No quería hacer ese viaje, pero tenía una responsabilidad. Me daba pena pensar que arrastraba al señor Y por mis decisiones, y más aún cuando el clima se volvió difícil y errático. Sin embargo, en aquellas aguas termales, donde la luz suave de la luna y un farol amarillo iluminaban la nieve acumulada sobre los pinos, entendí una parte de lo que me atormentaba.
Esa noche, tan hermosa, donde el cielo se cubría a lo lejos y solo lo cercano era visible a los ojos, me ayudo a ver. Aquello en lo que debía concentrarme ahora. Aquello que debía apreciar. Ni el pasado ni el futuro: solo el ahora. Con el cuerpo sumergido hasta la barbilla en el agua caliente, contemplaba una de las noches más hermosas del invierno en Hokkaido. La nieve escarchada, en cúmulos redondos y suaves, parecía una postal de ukiyo-e de las que alguna vez vi en la casa de mi abuela materna.
En la la luz de un farol,
observar se volvío cercano,
frío de nieve escarchada,
que desde lo lejos se acumula.

Cerré los ojos y sentí mi cuerpo. Entre el calor colándose por la piel y el frío de la nieve cayendo sobre mi cabeza, entendí que solo importaba el ahora. Ni mis decisiones ni lo que haría a futuro. Como ese paisaje nublado: lo bello era aquello que podía apreciar aquí. Ahora. Lo que soy ahora.
El nirvana es cercano y acogedor, como decía Patanjali en los Yoga Sutras.
Es aquí y ahora.
Quiero también agradecer a muchas personas que me ayudaron a sostenerme este año. Que con sus manos, su tiempo, sus llamadas, sus comentarios y sus historias, sostenian esta persona en la que me había empezado a transformarme. Por qué ahora que paso, entendí, el 2025 fue mi Metamorfosis. Ayudando a aceptarme y a entender que esta extraña forma en la que he decidido vivir, también tiene espacio en el mundo.
Gracias a ti. Desde el fondo de mi corazón.
En numerología, el 2026 corresponde a un año 0: el momento de los comienzos. Se dice que aquello que se inicia este año será beneficioso y que las cosas destinadas a permanecer en nuestra vida comenzarán a transformarse para quedarse. Aún quedan muchas semanas, pero parece que viene cargado.
Abróchate el cinturón y ponte las gafas, porque este año viene fuerte. Muchas cosas nuevas para todos.
Feliz año 2026. Año del caballo. Año de comienzos.
Y si no crees en nada de esto, que al menos sea una excusa para intentar algo nuevo.
Saludos.
Gracias por leerme semana a semana. Este maravilloso ejercicio es una forma de limpiar mi mente, poner en orden mis ideas. Si tienes mosukitos mentales te recomiendo hacer lo mismo.
Ahora dime, ¿cuál fue tu mayor aprendizaje en el 2025?
¿En que quieres trabajar este 2026?
