Bajar la colina
Una historia sobre el miedo y los pasos pequeños
Este es un relato que escribí hace un tiempo, estaba cocinándose. Escuchando a otras personas, escuchando a mi ser. Marinándose lentamente, hasta que estuviera perfecto para ver la luz.
Espero te guste.
La última parte del 2023 hubo un fuerte cambio en mí. Muchas cosas pasaron. Ahora lo veo con una experiencia de crecimiento, en medio de un gran desafío.
Todo empezó con un comentario de uno de mis colaboradores. La persona que más conoce de mi tema en el grupo de evaluación. Un correo de desaprobación y advertencia hacia mi trabajo y conocimiento hizo que perdiera toda mi confianza. Me quito una parte que consideraba muy importante de mi ego.
Aunque esta falta de confianza empezó en el área de trabajo, esta preocupación se extendió a todas partes.
“Eres una inútil”, “todo lo haces mal”, “Eres solo un estorbo”. Nadie me había dicho estas palabras, pero las pensaba desde el fondo de mi corazón.
El comentario del profesor le dio alas a un pensamiento que seguro había estado guardado por mucho tiempo en mi mente. La comida se me quemaba, deje de llamar a mis padres, no quería ver a nadie, no podía hablar bien, no podía concentrarme. Fue como un efecto en cadena que empezó a derrumbar cada fortaleza que había creado durante mi vida. Me dejo vacía, sin expectativas ni ideales. Tal vez le había dado demasiado peso al trabajo en mi vida.
En medio de diversos sentimientos y las preocupaciones del día a día, me sentía sin fuerzas, sin posibilidad de pararme de nuevo. Totalmente nublada por la imposibilidad de saber hacia donde me dirigía.
“Él tiene razón” lo sabía, y por eso el impacto fue tan fuerte.
No tenía escudo para argumentar sus palabras, pues en el fondo de mi corazón también aguardaba el miedo de que mi conocimiento no fuera suficiente para responder a la meta. Que hasta ese momento era la más alta que me había impuesto. Sus palabras fueron la confrontación final. Mi ego lo sabía, y se vacío al aceptarlo.
Desviada, me encerré en el mundo de los sueños, ese lugar que siempre me ha protegido desde que aprendí a usarlo. Pensaba que el tiempo calmaría mi corazón. Ese corazón que no paraba de decir que no era suficiente, que solo estaba causando problemas y lo que más me asustaba, que no lo iba a lograr, defraudando a todos. Mis padres, profesores, compañeros, pareja, amigos.
Jamás pensé en que me defraudaría a mi misma.
El tiempo, la reflexión y el descanso de las fiestas de fin de año, curó un poco mi corazón para levantarme de nuevo. Intente hacer un plan para darme cuenta de la inmensidad que me esperaba. Abrumada, la ansiedad empezó de nuevo. Hice de todo para frenarla, montañas de códigos que resolver de nuevo. Pasos para seguir, tiempo corriendo y la posibilidad de errores por doquier. La ansiedad presente.
En aquel entonces, la naturaleza, dormir y hacer yoga me brindaban pequeños pero sanadores momentos de paz. Por lo que, cuando no me encontraba enviando códigos o corrigiendo documentos, los dedicaba a estas actividades. En especial el movimiento, me traía doble beneficio por mantener mi cuerpo y darme moléculas de placer. Por lo que, aun teniendo mucho trabajo, al recibir la invitación para asistir a esquiar no lo dude mucho. Mover mi cuerpo y ver algunas montañas seguro iba ayudarme.
La mañana fue muy nublada y una fuerte tormenta de nieve estuvo presente. El viento era fuerte y la visibilidad tan limitada que apenas podía ver a unos 200 metros al frente. Mientras nos movilizábamos a la montaña, pensaba que tal vez las malas condiciones iban a imposibilitar nuestra subida, pero el buen ánimo de mis acompañantes y su positivismo me invito a seguir adelante.
Al llegar, la visibilidad era aún peor, sin embargo, me sorprendí al ver gran cantidad de personas en la montaña. Tal vez sabían que sería un buen día después de todo.
Y aunque había pasado más de un año desde mi ultima vez esquiando, decidí, animada por mis acompañantes, en subir la montaña y comenzar el descenso, sin pensar mucho como sería la bajada.

Al llegar al tope, recordé el miedo que sentí la primera vez que realicé esta actividad. Me sentía impotente, no sabía cómo moverme. Frente a mí, estaba una pendiente empinada. Podía ver el final, pero toda una montaña se interponía. Las personas como hormigas se movían rápidamente en un descenso que se veía peligroso. Más de lo que recordaba. Mi obstáculo para volver a la seguridad.
Mis compañeros ya habían comenzado el descenso. Me quede inmóvil, lo suficiente para que mis manos empezaran a doler por el frio. Esta fue la señal de alerta. Tenía que moverme, pero no podía. Ya estaba perdiendo la movilidad.
Un miedo gigantesco, se apodero de mí, al ver toda la montaña que tenía que bajar. Me imaginaba a mí misma, con mi poca experiencia, teniendo un accidente. Yo que había perdido toda confianza en las habilidades que tenía. Yo que pensaba que no podía hacer nada bien. Yo que me custionaba cada cosa que hacía. Estaba paralizada. No sabía qué hacer. Tal vez había tomado una mala decisión al venir, pero ya estaba lo más arriba que podía. Tal vez, antes había podido hacerlo, pero no ahora. Ya no era la misma persona de antes.
No se cuanto tiempo paso, pero fue lo suficiente para que empezara a estar fría en todas partes. Me imaginaba sin poder volver a bajar. Mis amigos preocupados y creando un alboroto por mi culpa. ¿Vendría alguien por mí, un helicóptero o un trineo? Las personas seguían bajando y yo cada vez más sola, la tormenta aun era intensa. Pensé en la posibilidad de la muerte. Por un instante. Tal vez, me congelaría por el frío o por lo fuerte del accidente al descender. Parecía la única opción. Me cuestione a mí misma por las decisiones que me habían llevado hasta ese momento.
No quería decepcionar a mis amigos, pero tenía miedo de esquiar. No quería causar un problema, pero no sabía como bajar. No quería ser un estorbo, pero no sabía como seguir.
Una pequeña parte de la montaña empezó a despejarse, cada vez eran más visibles las personas. Mi mirada se centro en un niño pequeño. La altura de su cuerpo apenas sobresalía del piso. Con unos pequeños esquíes a cada lado. Veía como torpe pero valientemente, se enfrentaba a la bajada. Su padre o un hombre que iba con él, lo impulsaba a bajar poco a poco por la pendiente. Mostrándole que podía llegar a un punto seguro luego de pocos metros.
Mis ojos se iluminaron y en un momento de lucidez, entendí lo que me asustaba de la montaña. El pensar en lo lejos y larga que era su pendiente. En la necesidad de bajarla toda de una vez. La inmensidad de la meta.
Fije mi mirada en el punto más lejano de la pendiente. Era aterradora. Imponente. Pero no era toda la montaña. Intente acercar la vista poco a poco, cada vez más cerca de mí. Hasta llegar al suelo que tenía en frente. Allí se agrupaba nieve escarchada, hermosa, que casi parecía totalmente recta. Al ver la pendiente en este punto, no parecía nada empinada. Se sentía como un paso de una caminata en el parque.
Di el primer paso, sin quitar la mirada del piso. Luego el siguiente, para darme cuenta de que era posible moverme si me enfocaba en lo que tenía más cerca de mí.
Avanzar poco a poco. Hacerlo como los niños, aprendiendo de a poco. Paso a paso, sin mirar el gran objetivo, solo centrándome en lo que podía hacer ahora. En lo que mis habilidades me decían que podía avanzar. En lo que me sentía capaz de hacer.
Seguí esta estrategia por un tiempo más, hasta darme cuenta de que ya había bajado la mitad de la montaña.
Mis ojos se iluminaron. Tuve un momento Eureka.
No pude evitar, pensar en la montaña de desafíos que me esperaban ser escalados y como se parecían a este momento. Pude entender que esta podría ser una estrategia para enfrentarlos. Pequeños, pero constantes pasos que iban contribuyendo a la suma. Una metáfora de la vida.
No pude evitar emocionarme. Los últimos meses habían sido todos en bajada, pero hoy empezaba a ver la luz. Una posibilidad para avanzar, cuando sientes que tus metas te sobrepasan. Que no tienes confianza en nada. Que volviste a ser un niño, que debes aprender todo de nuevo.
Me sentía como ese niño en mi corazón.
Ese día mi miedo no pudo vencerme y logre bajar la montaña. Fue un de los mejores momentos de esquiar que he experimentado. También, aprendí una de las más grandes lecciones de mi vida.

Desde ese día, empecé a reconstruirme, a pequeños pasos, a llenar ese vacío con nuevas habilidades, pensamientos, experiencias, objetos y luces. Ya no era el proyecto de alguien más, decidí llenar mi vacio con las cosas que me gustaban. Las que me hacen felices. Pensar que era necesario vaciarme para dar un nuevo resplandor a mi vida. Ahora me siento la versión más feliz que jamás he sido.
Me parece increíblemente bello es como cuando estamos totalmente perdidos en la oscuridad de nuestro corazón y pensamientos, la simplicidad puede devolvernos la vida. Observar las aves, los animales, las plantas creciendo, o en este caso, un padre enseñando a su hijo. Nunca me canso de ver los pequeños milagros la naturaleza.
Gracias montañas. Por siempre enseñarme las lecciones más valiosas. Por cuidarme, por verme crecer. Por ser incubadoras de mis pensamientos y ese lugar donde me siento feliz.
Se constante, sigue adelante, los pequeños pasos también contribuyen. Su suma algún día llegará a ser lo suficiente para que llegues a la meta.
Gracias por leer mi mosukito de esta semana. Te envío un abrazo y nos seguimos leyendo.
Algunas preguntas que me surgen ahora:
¿Cual ha sido tu último momento Eureka?
¿Qué cosas te hacen feliz?
Me ha hecho pensar en los momentos que atesoramos sin saberlo, en cómo a veces la vida nos devuelve imágenes de lo que fuimos. Gracias por esta belleza!! 🤗
Que bonita manera de ver la vida y compara situaciones en la vida que al interpolarlas te hacen ver nuevas perspectivas, me sentí identificada ❤️ gracias por compartir